Tiermes, la ciudad rosa de Roma en Hispania
Astorga presume de ser una joya cultural y patrimonial y en buena parte se lo debe a los césares del Imperio romano; concretamente a Augusto, quien concedió tan honorífico apellido a su denominación: Asturica Augusta.



Sobre un imponente farallón de arenisca roja, a 1230 metros de altitud, se alza una ciudad que ha retado el paso de los siglos: Tiermes (Termes). En el municipio de Montejo de Tiermes (Soria) es un enclave cuyo nombre evoca la dureza de su geografía agreste y, a la vez, el espíritu indómito de sus habitantes. Rodeada por cortados de roca y el sinuoso curso de una hoz fluvial, esta fortaleza natural situada sobre la humilde sierra de la Pela que hace de frontera entre las cuencas del Duero al norte y Tajo al sur se convirtió en el corazón de una ciudad que resistió, floreció y se transformó bajo el paso de las civilizaciones ibéricas.
Desde el Neolítico, la presencia humana en dicho promontorio marcó el inicio de una historia fascinante que ha sobrevivido al paso del tiempo. Pero no fue hasta la llegada de los celtíberos cuando Tiermes adquirió su verdadero carácter de bastión inexpugnable. La orografía proporcionaba una defensa natural, que este pueblo prerromano, asentado en la zona central y nororiental de la península, defendió con murallas y varias puertas excavadas en la roca con maestría para proteger a sus gentes.
Fue en este castro fortificado celtíbero donde se fraguó la identidad de un pueblo guerrero, estrechamente ligado a Numancia, con quien compartió el fragor de las guerras celtibéricas o conjunto de conflictos bélicos (181-133 a.C.) que los pueblos celtíberos enfrentaron contra el avance de la República romana. Fueron contiendas reñidas que culminaron con el fin de la independencia celtibérica y la consolidación del dominio romano en la vida política, económica y religiosa de la región que sometió a los habitantes locales haciéndoles vivir en la zona más llana y se impidió que amurallaran de nuevo la ciudad.
Con la conquista romana, recibió la denominación de Termes y dejó de ser únicamente un enclave defensivo para convertirse en un municipio romano floreciente. La explotación del territorio sumada a una ganadería cimentaron la prosperidad de la ciudad. Desde el año 70 a.C., la ciudad emprendió una ambiciosa reordenación urbana, en torno a las tres terrazas del cerro donde se levantó un primer santuario a mediados del siglo I a.C., marcando el inicio de un proceso que definiría la monumentalidad futura de la ciudad. La huella celtibérica queda en evidencia en la necrópolis indígena. Situada en el pago de Carratiermes (a las afueras de la ciudad) donde los enterramientos conservan restos del ritual de incineración bajo pequeños montones de piedras, en la mayoría de las ocasiones, y en otras bajo una estela de piedra. Estos restos se acompañaban de ricos ajuares funerarios que son testimonio de la élite guerrera que habitó la ciudad.
Un siglo más tarde, bajo el reinado del emperador Tiberio (14-37 d.C.), las transformaciones urbanas alcanzaron tal magnitud que el Estado romano concedió a Termes el estatus de municipio de derecho latino. Así se convertía en una entidad autónoma integrada dentro del engranaje imperial. Garantizaba la funcionalidad del sistema administrativo romano a escala local. Además, se promovía la concesión de la ciudadanía romana a los ciudadanos termestinos para consolidar la estructura social y política de la ciudad dentro del Imperio.
Adscripta al conventus iuridicus de Clunia, dentro de la provincia Hispania Citerior Tarraconensis, Termes se erigió como una auténtica ciudad hispanorromana, plenamente integrada en la dinámica imperial, donde la monumentalidad y el orden constituían la esencia de su identidad.
El urbanismo romano se adaptó magistralmente a la abrupta geografía de Tiermes. El foro se abrió amplio como centro de la vida pública con sus tabernas y al organización de la vida urbana a su alrededor; lo acompañaban termas, un acueducto y el graderío rupestre de uso público. Cada construcción es testimonio de la habilidad romana para integrar su avanzado ingenio de planificación de la ciudad romana en un enclave de difícil relieve pero estratégicamente crucial. La llegada de los romanos en el siglo I a.C. y el periodo de esplendor que vivió bajo su dominio se extendió hasta el siglo V d.C.
Hoy con A-Roma nos adentramos en Tiermes: un tesoro arqueológico soriano cuyos restos permiten vislumbrar una grandeza que ha desafiado el paso del tiempo. Recorrer sus ruinas es seguir un hilo de historia largo: 30 siglos de poblamiento (hasta el siglo XVI) donde las piedras aún esconden secretos y señalan el espíritu de aquellos que la habitaron.
Tiermes, la ciudad excavada en la roca
Tiermes constituye un excepcional ejemplo de urbanismo rupestre, caracterizado por la excavación directa en la roca arenisca para crear estructuras arquitectónicas y establecer infraestructuras urbanas. Este procedimiento, que pudo haber sido empleado por las comunidades celtibéricas en fases previas de poblamiento, alcanzó su mayor sofisticación gracias a las técnicas constructivas romanas, que lograron optimizar la adaptación del asentamiento al relieve natural de la atalaya rocosa y, a la vez, resistir las duras condiciones climáticas de la altiplanicie soriana.
Los vestigios arqueológicos lo documentan extensamente en diversos espacios urbanos. En el ámbito residencial, la arquitectura rupestre del sur de la ciudad donde destacan edificaciones como la Casa de las Hornacinas y la Casa del Acueducto que llaman la atención por su ingenioso uso de la roca excavada. Cumple una función estructural al servir de base y también se integra armoniosamente en el diseño espacial del conjunto fundiendo la geología y la arquitectura. En el plano público, el graderío rupestre, posiblemente asociado a actividades lúdicas o ceremoniales, evidencian la funcionalidad alcanzada en la arquitectura monumental romana.
La técnica romana perfeccionó el uso de la excavación rupestre en el diseño de infraestructuras, incorporando sistemas hidráulicos como los canales urbanos del acueducto, así como drenajes y vías talladas en la roca, garantizando una eficiente gestión del espacio urbano. Este modelo constructivo refleja la evolución de Tiermes desde un castro fortificado celtibérico hasta ser un municipio romano plenamente integrado en las dinámicas del Imperio.
Puerta del Sol, uno de los tres accesos a la ciudad
A través de un corredor excavado en la roca de 40 metros de largo, con una anchura de 2,5 metros, se accede a la ciudad por su extremo suroriental. A mitad del pasaje, el espacio donde se ubicaba la puerta de dos hojas aún conserva las marcas de los goznes y el engaste de los quicios que sustentaron su estructura, como testigo del diseño defensivo del enclave originario. En el suelo han perdurado las profundas huellas paralelas dejadas por el paso de los carros cargados que transitaban el pasaje.
Este acceso, datado en el período celtíbero (siglos I a.C. – I d.C.), sufrió una profunda transformación en el siglo III d.C. durante la fase de ocupación romana. La intervención alteró la zona superior del corredor para permitir la integración de la muralla, reforzando la protección del asentamiento y adaptando la infraestructura a las necesidades estratégicas de la ciudad romana de Tiermes. Su evolución refleja la transición de un sistema defensivo celtibérico hacia una planificación urbana influenciada por las técnicas constructivas romanas.
La Puerta del Oeste, situada en la entrada de poniente de la ciudad, era de carácter peatonal y salvaba los desniveles del terreno mediante varias terrazas. Contó con una doble puerta de madera como demuestran los quicios de sus batientes. Desde el interior de la ciudad vigilaban su acceso dos puestos de guardia excavados en la misma roca.
Un espacio público para los termestinos


El área residencial al sur de Tiermes
En la zona más meridional del yacimiento, donde el paisaje urbano se distanciaba del bullicio del centro de Tiermes, se alza un conjunto excepcional de viviendas rupestres desde el siglo I d.C. Aunque su origen se puede remontar a la época celtíbera, fue bajo la dominación romana cuando este barrio alcanzó su máxima expresión arquitectónica y funcional.
Estas viviendas presentan una configuración semirrupestre, con la parte trasera esculpida en la roca arenisca, mientras que sus fachadas emergían en una compleja trama de espacios. Lejos de ser meras extensiones, se desplegaban en múltiples dependencias (hasta once habitaciones han sido identificadas en una sola vivienda) y alcanzaban alturas de hasta siete pisos, sustentados por sólidos muros de mampostería de caliza y arenisca como atestiguan las huellas visibles en los mechinales que sustentaban las viviendas populares establecidas en varios pisos.
El refinamiento de sus moradores queda evidenciado en los fragmentos de pavimentación en mármol, en las escaleras interiores talladas en la propia roca y en las pinturas murales que, aún hoy, conservan trazas del esplendor decorativo que animaba estos espacios. De entre todas, la Casa de las Hornacinas destaca como testimonio intacto de esta sofisticación, al haber preservado sus cuatro alacenas excavadas en las paredes, auténticos nichos de historia que siguen guardando relatos de un tiempo lejano.
Vivir junto al acueducto de Tiermes
En la zona occidental de la ciudad se extiende el canal del Acueducto, una obra majestuosa que transportaba el agua hasta la puerta Oeste. Al franquear este umbral de acceso peatonal y doble puerta de madera que conectaba las tres terrazas sobre las que se asienta la ciudad, el flujo hídrico se dividía en dos ramificaciones, distribuyéndose meticulosamente para abastecer las distintas áreas urbanas con la preciada sustancia vital y las termas.
A la vera del canal meridional emergen dos imponentes edificaciones, testigos silenciosos de la vida romana. La primera es una fastuosa mansión orientada al mediodía, erigida entre los siglos I y II d.C., conocida como la Casa del Acueducto I. Su disposición sigue el esquema clásico de la arquitectura romana, articulada en torno a un atrio, el patio o núcleo vital de la vivienda, desde donde se desplegaban hasta 35 habitaciones y suntuosos aposentos dispuestos en varios niveles. Sus muros, primorosamente engalanados con frescos de complejas geometrías, aves delicadas, vegetación exuberante y figuras humanas, narraban con color y forma el esplendor de quienes habitaron su interior.Sorprende el conocimiento técnico romano que excavó la roca de tal manera que se pudieran fijar las pinturas murales que decoraban sus paredes y que han permanecido hasta nuestros días.
Junto a esta residencia de clase alta que ocupó una extensa manzana, se alza la Casa del Acueducto II, cuya configuración revela su función colectiva. Este edificio servía de hogar a múltiples familias, al tiempo que sus niveles inferiores y sótanos albergaban espacios dedicados al comercio y al trabajo artesanal, reflejando la dinámica vibrante de la urbe romana.
En conjunto es un espacio arquitectónico que evoca el pulso constante de la vida en la antigüedad romana, donde el agua, las piedras y las pinturas señalan historias de un pasado glorioso.
El foro de Tiermes
Desde la majestuosa Casa del Acueducto, el camino conduce al foro de Tiermes. Situado en una plataforma intermedia del cerro (al oeste del lugar donde se halla la ermita románica de Nuestra Señora de Tiermes) es una visita evocadora gracias a sus caminos, rampas, pasarelas, escaleras y miradores que posibilitan una visita que sumerge en el paisaje soriano y a la vez aviva el esplendor que alcanzó Tiermes.
El conjunto, localizado en la zona central de Termes, disponía de un área pública completada por un recinto porticado. La plaza que articulaba el recinto del foro acogía estaba delimitada por pórticos. Al norte de los mismo se abría un conjunto de edificios comerciales o almacenes. A su vez, en la zona oriental y occidental se alineaba un conjunto de comercios (tabernae) que formaban parte del mercado. Sobre sus mostradores de piedra se exhibían mercancías, y al caer la noche, las tiendas se cerraban con sólidos tableros de madera encastrados en una hendidura corrida sobre el suelo, silenciando el mercado hasta el amanecer.
Este espacio comercial era el corazón de la vida cotidiana en la ciudad y formaba parte del vibrante foro, epicentro de la administración, el comercio y la religión romanos. El foro estaba presidido, en su área meridional, por un templo de estilo clásico dedicado al culto imperial. Se elevaba imponente frente a la amplia plaza del foro donde se congregaban ciudadanos y magistrados.
Al oeste del foro se hallaba un conjunto de edificios que se corresponden con viviendas urbanas privadas con sótanos excavados en la roca que conectan con una calle empedrada. Acogían las rutinas de una urbe romana habitada hace siglos que ahora lucen silenciadas; no ocurre así con el ingenio, la arquitectura y la vida que fluían al compás del agua como atestiguan los vestigios arqueológicos.
Ermita de Santa María de Tiermes
El recorrido por el yacimiento culmina con la llegada a la ermita de Santa María de Tiermes, una joya de la arquitectura románica del siglo XII que se erige con solemnidad sobre el paisaje histórico. Su imponente estructura alberga en la fachada meridional una galería porticada, concebida como un espacio de tránsito y contemplación. En ella, las columnas geminadas, separadas por sólidos pilares, configuran un escenario decorativo de gran riqueza simbólica. Relieves de motivos geométricos, formas vegetales, criaturas legendarias y escenas de combate entre caballeros, entrelazadas con representaciones bíblicas, dan testimonio del virtuosismo del maestro Domenicus Martín que la construyó.
La entrada al templo, flanqueada por capiteles historiados, revela un conjunto iconográfico donde, a pesar de la rudeza en la talla, emergen episodios como la creación de Adán y Eva, evocando el imaginario cristiano medieval. En los canecillos, sutiles pero expresivos, destacan figuras de notable singularidad, como la de un músico tañendo un rabel, reminiscencia de las tradiciones y festividades que envolvían la vida cotidiana de la época.
Bajo sus muros, la iglesia descansa sobre los vestigios de un edificio más antiguo , anclando sus raíces en la evolución arquitectónica del lugar.
Con el despoblamiento de Tiermes en el siglo XVI, el templo adquirió su condición de ermita advocada a Santa María, preservando su esencia y función espiritual a través de los siglos. Aún hoy, las romerías celebradas el tercer domingo de mayo y el doce de octubre mantienen vivo el vínculo con la tierra, rememorando el ciclo de las cosechas y perpetuando el legado de las civilizaciones que han dejado su huella en este enclave destacando el vinculo con el territorio y su poblamiento como un valioso patrimonio inmaterial.
Museo de Tiermes, la puerta a la historia soriana
El Museo Monográfico de Tiermes, filial del prestigioso Museo Numantino de Soria, constituye un enclave esencial para comprender la riqueza histórica y arqueológica del yacimiento. Su recorrido permite al visitante sumergirse en el fascinante pasado de Termes, desde sus primeros asentamientos hasta su esplendor como ciudad hispanorromana.
La exposición está estructurada para exhibir una selección de materiales arqueológicos que abarcan distintos periodos, desde la Edad del Hierro hasta la romanización. Entre sus piezas más notables destacan fragmentos arquitectónicos, inscripciones latinas, objetos de la vida cotidiana y piezas de cerámica que narran la evolución de la urbe y sus habitantes. Además, los paneles explicativos proporcionan un contexto detallado sobre cada hallazgo, permitiendo comprender su relevancia dentro del proceso histórico.
El museo además de organizar nuestra visita del yacimiento, explica de una forma amena su historia y estrecho vínculo con el poblamiento celtibérico del territorio. Además dispone de valiosos fondos bibliográficos y espacios de trabajo para aquellos interesados que lo soliciten. De igual manera provee de información de interés arqueológico del entorno como las canteras romanas, la necrópolis visigoda hallada junto al foro, los restos de la calzada romana que comunicaba Termes con la ciudad celtíbero-romana de Segontia Lanka, en la localidad soriana de Langa de Duero.
Ubicado en Montejo de Tiermes, el museo permanece abierto todo el año, excepto los lunes, permitiendo un acceso continuo a sus exposiciones y actividades. Su función no solo es divulgativa, sino también científica, ya que colabora estrechamente con investigadores y arqueólogos en la interpretación y conservación de los vestigios encontrados en el yacimiento.
Una visita a este espacio supone un viaje en el tiempo, donde la historia se revela a través de materiales, inscripciones y reconstrucciones, ofreciendo una experiencia emocionante para aquellos que buscan descifrar los secretos de una de las ciudades más emblemáticas de la Hispania romana. Tel. 975 352 051. Descarga aquí la guía para tu visita. El acceso al yacimiento es libre pero es aconsejable realizar la visita con guías para conocer a fondo los secretos que encierra Tiermes.
Sitios de interés próximos
En el mismo término municipal de Montejo de Tiermes sorprende la belleza arcaica de la ermita de la Virgen del Val (siglo VII), un valioso legado hispano-visigodo de la localidad de Pedro. Situada a 200 metros al noroeste del núcleo, consta de una única nave abierta por un pórtico en su fachada meridional sustentado sobre cuatro pilares de madera apoyados en toscas basas de piedra. Su puerta se abre con un arco de medio punto. El muro sur de la ermita y la ampliación de su ábside se realizaron en época románica, aunque hay investigadores que mantienen que toda la ermita se levantó en época románica (siglo XII) aprovechando piedras del templo visigodo e incluso algunas traídas desde Tiermes. Aparte de admirar los canecillos románicos que resaltan sobre la roca de toba calcárea de su muro es un visita imprescindible en tierras sorianas por su encanto rural cargado de historia. La ermita se halla a 35 kilómetros al sur de San Esteban de Gormaz.
A solo 30 minutos de Tiermes, se alza San Esteban de Gormaz, uno de los pueblos medievales más cautivadores de Soria. Su fortaleza, imponente y estratégica, custodió el antiguo límite entre los reinos cristianos y musulmán, durante siglos de disputas y alianzas.
El recorrido por su núcleo histórico descubre dos joyas del románico porticado: la iglesia de San Miguel, con capiteles esculpidos en los que dragones, guerreros y músicos narran historias de un tiempo legendario, y la iglesia de El Rivero, de hechura humilde pero cargada de secretos. En sus piedras se ocultan las firmas de los canteros, símbolos de cruz, flores y alguna enigmática marca templaria, añadiendo un halo de misterio al conjunto.
Cruzando el puente medieval, el viajero se convierte en un caminante del tiempo al contemplar las bodegas rupestres, excavadas en la roca, donde el vino de la tierra madura. Algunos lagares, aún en uso, se remontan a la época visigoda (siglo VII), perpetuando una tradición vitivinícola ancestral que da identidad a la villa.
Desde Tiermes, el horizonte se abre hacia localidades de inconfundible encanto, como El Burgo de Osma, un pueblo que respira historia en cada una de sus calles. Su catedral de Santa María de la Asunción, joya del gótico castellano, se alza majestuosa en el corazón del casco antiguo con sus muros centenarios susurrando relatos de nobles, obispos y peregrinos. Cruzar el umbral de su claustro, envuelto en un sobrecogedor silencio, es adentrarse en una atmósfera de misticismo.
El paseo por la villa invita a recorrer sus soportales, donde el tiempo parece detenerse, y a perderse en la búsqueda de su muralla medieval, cuyos vestigios evocan un pasado de defensa de su esplendor. La Plaza Mayor, con su dinamismo y elegancia castellana, es el punto de encuentro donde la vida fluye al compás de la historia.
Sobre las aguas del río Ucero, el puente romano, testigo de innumerables pasos, espera a ser cruzado como antaño lo hicieron comerciantes y peregrinos. Estos se alojaban en el imponente hospital de San Agustín, un edificio clásico del siglo XVII cuya simetría y presencia lo convierten en una pieza clave de la Plaza Mayor frente a la Casa Consistorial; hoy mantiene sus puertas abiertas como centro cultural.
Si seguimos el curso del río Ucero, el cañón del Río Lobos despliega su imponente paisaje de formaciones calizas, esculpidas por siglos de erosión hasta configurar un desfiladero de sobrecogedora belleza. Desde lo alto de sus escarpadas paredes, el buitre leonado y otras aves rapaces vigilan silenciosos el paso, añadiendo a la escena una atmósfera natural de extraordinaria belleza.
En el punto más evocador del cañón, tras una caminata de aproximadamente una hora desde la Casa del Parque, se revela la enigmática ermita de San Bartolomé. Este templo de estilo románico tardío, encajado entre farallones y recias sabinas, encierra secretos templarios que han alimentado leyendas a lo largo del tiempo. Su rosetón es un símbolo esotérico que ha generado interpretaciones sobre su posible conexión con la orden del Temple, mientras que su orientación arquitectónica guarda un detalle extraordinario: durante el solsticio de verano, el primer rayo de sol acaricia su ábside con una precisión milimétrica, creando un espectáculo de luz y misticismo que deja sin aliento a quienes lo presencian.
Entrar en Berlanga de Duero, es desvelar los encantos de uno de los conjuntos histórico artísticos más relevantes de Soria desde la Edad Media. Es cuando, elevada sobre una hoz del río Escalote, la villa fue conquistada en 1059 por Fernando I de Castilla y León y su devenir quedó marcado por repoblaciones, enfrentamientos y el esplendor de la nobleza castellana.
El imponente castillo de Berlanga, símbolo indiscutible de la villa, se alza sobre un cerro dominando el paisaje castellano entre el cielo y los campos de cereal. Construido como fortaleza islámica, fue reformado en el siglo XV y, bajo su sombra, aún se contemplan los restos de la muralla medieval.
El paseo por el casco antiguo revela joyas arquitectónicas como la colegiata de Santa María del Mercado, un templo monumental entre el gótico ojival y el renacimiento. No muy lejos, el antiguo palacio de los Marqueses de Berlanga, aunque reducido a su fachada, recuerda los días de esplendor de la villa en el siglo XVI. Las calles llevan hasta la puerta de Aguilera, que desemboca en la Plaza Mayor; cerrada y porticada, es el ejemplo perfecto de la arquitectura de las plazas castellanas. El puente medieval atraviesa el río y también acerca a un pasado vitivinícola legendario en sus bodegas rupestres.
Y como sorprendente broche final, a las afueras de la localidad, espera la ermita de San Baudelio y sus enigmáticas pinturas murales medievales: un libro ilustrado del siglo XII con influencias mozárabes y bizantinas. Entre tonos ocres, rojos, negros y blancos, elaborados a base de pigmentos naturales, empleados directamente sobre el yeso (de ahí la dificultad de su conservación) desvela con trazos sencillos y populares un universo a través de un Pantocrátor, episodios de la vida de Cristo, santos y mártires así como animales simbólicos (aves y osos e incluso elefantes) y una misteriosa dama con una copa que podría asociarse a una deidad pagana. Un arte único y misterioso al que nos introduce el Centro de Interpretación de San Baudelio.
El pueblo de Caracena jugó un papel clave en la frontera medieval soriana entre Al-Ándalus y los reinos cristianos (siglos VIII-XI). Fue cuando la región de Tiermes y su comarca se convirtieron en una tierra de nadie. Era una frontera inestable entre el avance cristiano desde el norte y el dominio musulmán del valle del Duero. Por ser una zona estratégica, gracias a sus pasos naturales y defensas rocosas, sufrió un grave despoblamiento debido a las razzias o incursiones bélicas que provocaban una constante inseguridad entre la población. Fue el periodo cuando Tiermes quedó prácticamente abandonada y su población se dispersó en otros pequeños núcleos urbanos perdiendo su antigua relevancia como centro urbano.
Sin embargo la Reconquista conllevó el resurgir de Caracena (siglos XII-XIII) tras la toma definitiva de la zona por los cristianos. Es cuando se intentó repoblar Tiermes, pero su ubicación en un territorio agreste y su pasado ruinoso hicieron inviable su recuperación. Fue entonces cuando Caracena emergió como el nuevo centro político y administrativo de la comarca, sustituyendo a Tiermes. Su posición elevada, defendible y cercana a rutas ganaderas (como las cañadas ganaderas de la Mesta) la convirtieron en un enclave estratégico. Además acabó erigiéndose en cabecera de su propia comunidad, un sistema administrativo impuesto en el reino de Castilla que organizaba el territorio en «comunidades de Villa y Tierra» agrupando aldeas y lugares menores bajo su jurisdicción para la defensa común, el reparto de tierras y la gestión de los recursos.
Como centro comarcal atrajo población y desarrolló una arquitectura señorial como su castillo medieval y las iglesias románicas de San Pedro y Santa María. Junto a la de San Pedro, con su bonita galería del románico tardío con capiteles historiados y portada con arquivoltas se abre el cañón del río Caracena. Un paisaje natural esculpido por la erosión en la roca caliza y también un corredor histórico por donde discurrieron ganados, militares y repobladores.
Cómo llegar a Tiermes
Para acceder a Tiermes desde Soria (97,5 kilómetros – 1,15 horas) en vehículo privado hay que seguir la carretera N-122 (A-11) y, a la altura de San Esteban de Gormaz, se toma a la izquierda la carretera local SO-P-4003 hasta Montejo de Tiermes. El yacimiento se halla a 4,5 kilómetros del pueblo por la SO-P-3116. Antes de llegar se localiza el museo Monográfico. El yacimiento dispone de aparcamiento gratuito.
Desde Burgos en la carretera N-I (E-5) la vía a seguir (150 kilómetros – 2 horas) hasta llegar a San Esteban de Gormaz. Si se parte de Segovia (120 kilómetros – 1,40 horas) hay que seguir la N-110 y continuar vía Ayllón.
Desde Madrid (157 kilómetros – 2,15 horas), hay que circular por la N-I (E-5), hasta el punto kilométrico 105, donde hay que desviarse por la N-110, vía Riaza hasta Ayllón. Localidad desde la que parte la carretera SO-135 que conduce por Liceras hasta Montejo de Tiermes y el yacimiento.
En transporte público desde Madrid hay que coger el autobús (ALSA) a Soria (2,30 horas) y después tomar un taxi o contratar una excursión guiada.
Desde Soria la mejor opción es tomar un autobús (Larrea) hasta la localidad de San Esteban de Gormaz (1 hora) y desde allí acceder al yacimiento en taxi.
Dónde y qué comer
Los sabores de Tiermes son un eco de su historia, una sinfonía de tradición y tierra que se ha perfeccionado con el paso de los siglos. Aquí, donde los pastores han marcado el ritmo de la vida, el cordero asado al estilo del pastor se convierte en un emblema de la gastronomía local. Cocinado lentamente sobre brasas de leña de encina, su piel dorada y crujiente encierra una carne jugosa impregnada de los aromas de hierbas del monte. Cada bocado es un reflejo del paisaje austero de Caracena y Montejo de Tiermes, donde los rebaños pastan en libertad, dando a la carne una calidad inigualable. Como manda la tradición, se acompaña de patatas meneás, cremosas y enriquecidas con manteca de cerdo, un deleite que reconforta el alma.
Los platos de los caminantes y pastores trashumantes también tienen su lugar en esta mesa. Las migas de pastor, generosas y crujientes, se transforman con la llegada del otoño, cuando las uvas frescas aportan un toque dulce y jugoso. La sopa de ajo castellana, con su huevo escalfado flotando en un caldo robusto, es el abrazo cálido que todo viajero necesita tras una jornada en el campo.
La tierra, a su vez, ofrece su generosidad en forma de setas, que emergen tras las lluvias en los pinares cercanos. Níscalos, boletus y senderuelas, salteados con ajo y perejil o en revueltos cremosos, son un festín para los sentidos, un regalo de la naturaleza que los habitantes de la región han sabido aprovechar con maestría.
Para el final, los quesos de oveja de la zona, elaborados artesanalmente con leche cruda, son una joya gastronómica. El de Retortillo de Soria, con Denominación de Origen, es un clásico; pero los sabores evolucionan con el tiempo, y hoy se enriquecen con ajo negro, boletus o trufa negra durante su curación, creando matices únicos. Para acompañar, el licor de endrina, con su poder digestivo, se elabora con anís y endrinas maceradas, un elixir que cierra la comida con carácter. Y si el paladar aún pide un toque dulce, la miel de romero, con su color blanquecino y textura espesa, es el broche perfecto.
En la mesa no pueden faltar los vinos de la Ribera del Duero, porque estas tierras han sido solar donde han arraigado los viñedos desde tiempos romanos.
Y la sobremesa, como la de los antiguos habitantes de Tiermes, ha de ser pausada, disfrutando del entorno, dejando que el tiempo fluya sin prisas. Si te atreves a sentarte a la mesa de los antiguos pobladores del yacimiento, prepárate para un festín inolvidable.
Dónde dormir
En estas tierras, donde la historia ha dejado su huella en cada piedra y cada sendero, el descanso se convierte en una experiencia que trasciende lo cotidiano. Aquí, los refugios no son meros alojamientos, sino espacios con alma, impregnados de la esencia de Castilla. Desde casas rurales que fueron antiguas casas de campo hasta posadas con vistas al yacimiento de Tiermes, cada rincón cuenta una historia que se entrelaza con la de sus huéspedes.
Para los viajeros que buscan una conexión más profunda con la naturaleza, los albergues de peregrinos y caminantes ofrecen un descanso sencillo pero acogedor, mientras que las casas rurales permiten vivir la experiencia de la vida en el campo: explorar a caballo, ordeñar ovejas o recolectar miel son solo algunas de las actividades que acercan al visitante a la tradición de la región.
Las encinas envuelven el paisaje en un silencio solo interrumpido por el susurro del viento, creando el escenario perfecto para una noche bajo las estrellas. Ya sea en campings a las puertas del Cañón del Río Lobos o con el glamur de practicar el glamping, donde el lujo se fusiona con la aventura, el descanso se convierte en un placer sensorial.
Para quienes buscan una experiencia más espiritual, las habitaciones monacales junto a un claustro del siglo XVI ofrecen un retiro de paz y recogimiento, donde el tiempo parece detenerse y el cuerpo y la mente encuentran su equilibrio.
La desconexión está asegurada: te llevamos a soñar entre piedras de alma celtíbera que acabaron siendo parte de A-Roma.
Reserva tu viaje a Tiermes
Si quieres hacer un viaje fronterizo, entre el mito y la historia, a través de los páramos castellanos donde se alza Tiermes vamos a evocar juntos el bullicio del foro con los cinco sentidos. Deja que te enseñemos la vida cotidiana de una ciudad hispanorromana rupestre levantada en un legendario enclave celtíbero.
Nuestros sitios
Astorga romana
Asturica Augusta fue una de las grandes ciudades romanas del noroeste. Hoy conserva su foro, termas y murallas, testigos del esplendor que vivió bajo el Imperio.
Clunia Sulpicia
El Vergel
Desde los albores del siglo I d.C., la romanización fue transformando el territorio de Ávila (Abula), dotándolo de una nueva identidad agrícola y social, desde donde la tenacidad romana desplegó su ingenio para optimizar el paisaje rural.
Las Médulas
Patrimonio de la Humanidad, este paisaje único fue moldeado por la minería romana en su búsueda de oro. Con sus formaciones de tierra roja, es un impresionante legado de la ingeniría romana.
León romano
Nacida como campamento de la Legio VII, León conserva murallas, termas y huellas romanas que narran su origen militar en la Hispania del Imperio.
Numancia
Durante veinte años, los numantinos enfrentaron con tácticas de guerrilla el avance de las legiones romanas, rechazando cada ataque con una firmeza que daría lugar a la expresión «resistencia numantina».
Petavonium
En el valle del Vidriales, el campamento romano de Petavonium fue clave para controlar el noroeste peninsular. Hoy, sus restos muestran la vida de una legión en la frontera del Imperio.
Pino del Oro
Enclavado junto al río Duero, este entorno conserva restos de una antigua explotación aurífera romana. Naturaleza y arqueología se unen en un paisaje marcado por la búsqueda del oro.
Santa Cruz
Oculta durante siglos bajo campos de cultivo, la villa romana de Santa Cruz salió a la luz en 1972 de manera fortuita, cuando una excavadora desveló parte de sus muros y mosaicos: primeros vestigios de su grandioso pasado.
Tiermes
Sobre un imponente farallón de arenisca roja, a 1230 metros de altitud, se alza una ciudad que ha retado el paso de los siglos: Tiermes (Termes).
Villa de Orpheus
Esta villa romana, ubicada en Palencia, destaca por su mosaico de ORfeo, una joya del arte romano. Un testimonio de lujo y simbolismo en la vida rural de la Hispania romana.